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Un escalofrío de fe, lo sagrado hecho real

Cuando en 1949 un grupo de amigos cordobeses entre los que se encontraban los pintores y poetas del grupo Cántico: Miguel del Moral, Pablo García Baena, Manolín Aumente o Julio Aumente Martínez-Rücker, se reunieron para refundar la cofradía del Cristo de los Remedios de Ánimas, tenían muy claro el objetivo de rehacer una cofradía de penitencia con el espíritu de la vieja cofradía barroca, de servir de unión con un pasado extinto y recuperar formas de expresión alejadas de las modas, dando un especial tratamiento al lenguaje simbólico.

Desde entonces los hermanos de la cofradía de Ánimas acompañan al Santísimo Cristo con el rosario y el escapulario carmelitano, y los que presencian el paso de la hermandad por las calles de Córdoba se siguen sorprendiendo del cambio de los cirios por faroles del Viático, de los crótalos de madera que marcan el discurrir de la cofradía, del canto repetitivo del Miserere, de la calavera coronada de Adán, de los clavos del Señor convertidos en azucenas argentas o del velo de tinieblas encuadrando al Crucificado.

La estética y religiosidad de la cofradía de Ánimas de Córdoba pasó de ser una primera sorpresa a ser objeto de admiración cofrade. “Un escalofrío de fe en el mundo de hoy” como la definió acertadamente el sacerdote y periodista Antonio Gil.

Sesenta años después, la actual Córdoba cofrade se ha visto de nuevo sorprendida. Una nueva imagen de Crucificado ha despertado, asombrado y sobrecogido la popularizada sensibilidad artística y religiosa, adormecida a los gustos y propuestas de la imaginería actual, envuelta en doseles y oropeles, entre brillos y pátinas.

El sábado 13 de marzo, fue presentada en Córdoba la imagen del Santo Cristo de la Universidad, una impresionante escultura de Crucificado realizada por Juan Manuel Miñarro López, profesor y director del Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla. La realización de esta imagen y su encargo por la Hermandad Universitaria de Córdoba se remonta a 2007, en el acuerdo entre la cofradía y el escultor se dice que “ (...) El rostro de la imagen de Cristo, muerto en la cruz, será de especial interés plástico, ya que debe mover a la devoción, y a la vez reflejar un profundo realismo traumático y tanatológico, según los estudios de Sudario de Oviedo y de la Sábana Santa” buscando la relación entre la razón y la fe como marcan sus Estatutos y con una clara alusión a las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, tercero de los cotitulares de la hermandad.

La Hermandad Universitaria cordobesa tuvo siempre la ilusión de venerar un Crucificado inspirado en el Hombre de la Sábana Santa; de hecho hicieron una propuesta en 1992 al imaginero Miguel Ángel González Jurado, autor de la imagen de Virgen cotitular de la misma cofradía. Pero la corporación universitaria en ciernes, atravesó tiempos de crisis interna hasta que en 2001 descubrieron providencialmente el trabajo desarrollado por el profesor Miñarro en el proyecto conocido como “El Hombre de la Sábana Santa” y patrocinado por la Fundación Aguilar y Eslava de Cabra. En 2006, el Obispo de Córdoba, Asenjo Pelegrina autorizó la erección canónica de la Hermandad Universitaria que inmediatamente contactó con Miñarro para poder materializar el sueño de un Cristo Sindónico. Hay que señalar que antes de Minarro, solo el escultor italiano Luigi Mattei había materializado, más bien esbozado, las formas del Hombre de la Sábana Santa. Pero una imagen religiosa y cofrade es algo más, sólo bebiendo en la tradición de la imaginería andaluza sería posible conseguir con éxito el propósito de un Cristo Sindónico. Sería entonces Alberto Villar Movellán, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Córdoba y reconocido especialista en el tema quien dirigió los pasos de los cofrades cordobeses hacia Miñarro.
La imagen del Santo Cristo de la Universidad, como en su tiempo hicieron los cofrades del Remedio de Ánimas, recupera el magisterio de la mejor tradición barroca, la que brota en Juan de Mesa y pasa por Buiza. Precisión, conocimiento y arte, completamente alejada del bucle amanerado, del fácil postizo y de la tramoya efectista de gran parte de la muñequería neobarroca que invade nuestra gran Semana Santa.

Lo que distingue al Cristo de la Universidad y lo convierte en una verdadera imagen sacra a la par que una obra de arte, es el rigor técnico de lo representado y su interpretación artística: los valores antropométricos del Hombre de la Síndone, la recreación de su rostro, la precisión matemática y el detalle en las heridas y laceraciones.

Si bien la técnica polícroma sigue los presupuestos tradicionales de la encarnación al óleo pulimentado; sin embrago, en las erosiones y heridas se han incorporado nuevos materiales como el látex, y en la representación de la sangre se ha incluido la utilización de metacrilato líquido y pigmento en suspensión, diferenciando la sangre brotada en vida frente a la post mortem, entre el suero y el contenido hemático (sangre y agua). Además, la representación cristífera se completa con otros elementos pasionistas que se fundamentan en el rigor histórico y en los últimos datos de investigación científica sobre la materia, como la corona de espina realizada con ramas de azofaifo (zizyphus jujuba), la forma de la cruz y el títulus crucis según los estudios del investigador alemán Hesemann sobre la reliquia conservada en la Basílica de la Santa Cruz de Roma.

Hace unos días el historiador hispanista Hugh Tomas, escribía un artículo sobre la exposición, The Sacred Made Real (Lo sagrado hecho real) de la Galería Nacional de Londres. La calificaba de asombrosa, la muestra religiosa más importante que se ha expuesto jamás en Inglaterra, y que ha conmocionado a sus visitantes, la mayoría alejados de la sensibilidad católica, mediterránea y barroca. Se lamenta Tomas que en Londres siga habiendo personas que no han tenido la fortuna de haber estado en Andalucía en Semana Santa y por tanto, que no hayan visto la efigie de un Cristo llevando la cruz, como el Cristo de Pasión de Sevilla. “Una desconcertante sensación de vida, como si las calles de Sevilla se hubiesen transformado en las de Jerusalén” como señala en el catálogo de la exposición su comisario, Javier Bray.

No es extraño, que lo mismo que se asombran en Inglaterra al descubrir a Zurbarán, Velázquez, Alonso Cano, Gregorio Fernández o Pedro de Mena, muchos también aquí, en Sevilla, en Córdoba, se asombren, se conmocionen e incluso les rebata la imagen sangrienta del Hombre Crucificado realizada por Miñarro. En palabras del académico Ángel Aroca Lara, el arte es comunicación y difícilmente se puede transmitir más de lo que el artista puso, consciente o inconscientemente, en la obra. Y sólo desde la religiosidad más profunda del auténtico imaginero, su buen hacer y el invariable apasionado sentir de los andaluces se puede entender la vigencia de unas imágenes, que como afirma el historiador del arte francés Victor L. Tapié “continúan suscitando en el pueblo una seria, verdadera y auténtica, emoción religiosa”.

Salvador Guzmán Moral

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